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Cuadernos de la escuela

Época: Un primer día de primaria en Valencia, recordado en 20173 min de lecturaPublicado:

Seis años, primer día y ya llegaba tarde a la universidad

Un maestro de Valencia tenía un discurso de primer día para sus nuevos alumnos de seis años. Un septiembre llegó hasta su nombre antes de que una niña de la segunda fila se pusiera de pie.

Birrete de graduación imaginado sobre un pupitre de aula.
Ilustración

Un maestro de primaria de Valencia llevaba en primero el tiempo suficiente para tener un discurso de primer día y tenerle cariño. Su nombre, en la pizarra. La norma del baño. La promesa de que a nadie le harían leer en voz alta durante una semana.

Un septiembre llegó hasta su nombre.

Una niña de la segunda fila se puso de pie. Él supuso que necesitaba ir al baño, que es lo que significa ponerse de pie la primera semana. No era eso. Quería saber, con mucha educación, si le quedaba mucho por decir, porque tenía prisa por llegar a la universidad.

Resultó que sus padres le habían explicado durante el verano que sin un título universitario una persona no tenía futuro. Lo habían dicho con cariño, para animarla. Ella lo había oído como una fecha límite.

Le ofreces a un niño una frase sensata sobre la educación y te la devuelve en forma de horario.

El maestro, que contó la historia años después, no se rio donde ella pudiera verlo. Le dijo que la universidad era un plan excelente, que quedaba muy lejos y que lo primero que exigía era sentarse. Ella se sentó.

Reconozco la frase de los padres, porque he dicho alguna versión de ella en todas las mesas de cocina de cuatro países. En Madrid iba de idiomas. En Copenhague, de matemáticas. En Bruselas va de «opciones», una palabra que uso unas cuarenta veces por semana sin definirla nunca.

La pequeña ha estado escuchando. El mes pasado pidió una reunión. Traía una lista. Decía que quería ser veterinaria, piloto y jueza, «por ese orden», y quería saber qué colegio era el mejor para las tres cosas.

Le dije que era pronto para decidir. Me contestó que yo le había dicho que nunca era demasiado pronto para dejarse las opciones abiertas. Le dije que no era exactamente eso lo que quería decir. Me pidió que le escribiera lo que había querido decir, para poder comprobarlo.

Lo intenté. Llegué a dos líneas. Se contradecían. Mi marido las leyó por encima de mi hombro y dijo que, como filosofía de crianza, era concisa.

El maestro de Valencia, por cierto, seguía algo indignado años después por la interrupción de su discurso. Lo entiendo. A nadie le gusta que le meta prisa alguien que se lo ha tomado al pie de la letra.

La pequeña ha revisado su lista desde entonces. Ahora piensa ser jueza primero, «para poder decidir lo demás».

Sobre esta historia: las escenas y los diálogos son imaginados o recreados libremente. Los datos sobre los colegios mencionados proceden de fuentes publicadas, que citan nuestras fichas de colegio.